La noche del Super Bowl LX, el medio tiempo protagonizado por Bad Bunny se convirtió en mucho más que un espectáculo musical: fue el epicentro de una refriega simbólica sobre quién define lo que es “estadounidense”. En el sur de la Florida, epicentro político y demográfico de la comunidad hispana, las reacciones fueron contundentes y polarizadas. El presidente Donald Trump rompió el silencio institucional para tildar la actuación de “absolutamente terrible” y cuestionar su idoneidad para un evento de carácter nacional. Sus críticas se centraron en la lengua, la estética y la supuesta influencia sobre audiencias infantiles, y abrieron la puerta a estrategias replicadas por sectores conservadores que ofrecieron alternativas mediáticas alineadas con valores tradicionales.
Al otro lado, figuras demócratas y autoridades locales leyeron el espectáculo como la constatación de una transformación cultural y de mercado. Para la congresista Debbie Wasserman Schultz, las cifras de audiencia confirman que la diversidad lingüística y cultural es ya parte del mainstream. La alcaldesa de Miami-Dade, Daniella Levine Cava, subrayó el potencial económico: si la cultura latina moviliza multitudes en un Super Bowl, está mostrando capacidad logística y de mercado de cara a eventos globales como la Copa Mundial 2026.
Entre ambos polos se desplegaron matices: el congresista Carlos Giménez reclamó focalizar recursos en seguridad ciudadana más que en polémicas culturales, y representantes estatales impulsaron eventos paralelos que buscan capitalizar el descontento conservador. En redes, la viralidad amplificó tanto la celebración como la desinformación; rumores sobre la presencia de un menor supuestamente vinculado a redadas migratorias fueron desmentidos pero ya habían prendido la mecha mediática.
La disputa trasciende al artista: es una batalla por la narrativa pública sobre lengua, inmigración y pertenencia. En Florida, donde la demografía redefine equilibrios electorales, cada símbolo cultural toma peso político. La pregunta que queda es si la democracia cultural —esa coexistencia de expresiones diversas en espacios comunes— será aceptada como norma o seguirá siendo terreno de confrontación estratégica en campañas y agendas legislativas. Bad Bunny no solo puso ritmo sobre el escenario; puso en evidencia un país en tensión acerca de quién tiene derecho a sonar y a ser escuchado.






